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Desde mi rehabilitación hace poco más de un año, mi vida no ha sido más que una constante serie de eventos monótonos y automáticos; aún así, no me quejo. Disfruto de la irremediable calma proveniente de la frialdad de mis circuitos. Mis sentimientos y emociones se ven atenuados ante la lógica binaria de mi otra mitad.

Cuando uno navega permanentemente en la serenidad del océano, no queda de otra más que contemplar el trayecto a través del cual uno se deja llevar. El problema es cuando cuando uno, sumido en la abrazadora calma, olvida cómo lidiar con la ansiedad de las tormentas.
Y, al parecer, se avecina una tormenta.

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