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Comencé a notar su presencia una tarde, mientras viajaba de regreso de la ciudad en los vagones del metro. Una manifestación que sólo percibía en el rabillo del ojo y cada vez que intentaba atraparlo con la mirada, se esfumaba. A pesar de estar ya en desuso, no era extraño seguir viendo hologramas; sobre todo en los antiguos retromonitores del tren. Aquello que invadía el rincón de mi mirada se sentía como esos hologramas publicitarios que, con sus colores llamativos y sonidos “amigables”, penetraban tu espacio personal para asegurarse de que sus ofertas se quedasen grabadas en tu cabeza todo el día. Al principio, ignoraba la sensación de ser observada asumiendo que se debía a otra cosa y trataba de concentrarme en mis asuntos. Después de un tiempo, habiendo llegado ya a mi destino, olvidaba lo sucedido...

Hasta que ya no era posible olvidarlo.

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Lo que en algún momento era una intermitencia, poco a poco se transformó en permanencia. Ahí es cuando la calma se quebró. Definitivamente no era un anuncio publicitario, había algo que me estaba siguiendo. Sentía su mirada seguirme a lo largo de varios momentos del día. Aún así, mi visión era incapaz de captarlo. Siempre se me escapaba.

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